PAN DE HUEVO, CUCHUFLÍ Y BARQUILLOS
Aunque hace veinticuatro años que me vine a vivir y trabajar a Santiago, siempre cuando me preguntan, digo que soy “nacío y criáo en Viña”, es como si no se nos pasara nunca esa condición. Soy de Pan Batido, Salida de Cancha, Typex y trabas para el pelo.
Ser viñamarino es algo que todos los que nacimos por allá seguimos llevando con orgullo. No sé si será porque estando tan cerca de este monstruo de capital, uno trata de mantenerse más simple, menos contaminado, con algo de arena en los zapatos y un poco de sol y mar en la vista.
Porque esas tres cosas son la clave de mi ciudad. Junto con las flores, la playa es algo que estaba siempre ahí.
Era el lugar al que ibas con tu madre cuando chico, a jugar con baldes y palas, un momento de barquillos mojados o de pan de huevo con un poquito de arena. Tardes en que parece que todavía había capa de ozono, porque jugábamos horas sin cremas ni bloqueadores. Momentos de batallas con esas olas gigantes de ese mar frío que te robaban la pelota o te botaban de un golpe. Un mar que, a veces te regalaba un látigo de cochayuyo para perseguir a tus hermanos o para ponerle banderas y cañones al castillo de arena.
Era también donde, ya de adolescente, empezaban los primeros encuentros con las mujeres de tu edad. En la playa, después de un traqueteado viaje en la “1” naranja, era donde abandonabas el mundo infantil de juguetes y cuentos y empezabas a descubrir esa sensación rara de ya no ver a las amigas como compañeras de juego sino como algo que querías conocer de otra manera. Largas tardes de juegos de paletas, pichangas improvisadas o piqueros en las olas, sólo para demostrar que eras más choro, más interesante, más atractivo para ellas. Puestas de sol, acostados en estrella, un gran círculo de cabezas hacia el centro, conversándose un pucho y planeando la fiesta del fin de semana. O quizás muriéndose de la risa con las canciones del Coco Loco con su típica chaqueta celeste.
Ya más grande, llegaban los paseos de la mano, atardeceres románticos o amaneceres después de una fiesta de “toque a toque”. Mirando el mar planeabas el futuro y pensabas en que querías para el futuro. Muchas veces nos arrancábamos de la universidad para juntarnos con la polola en la hora de almuerzo y pasar un rato apoyados en la muralla de Salinas, conversando, mirando el oleaje o solo regaloneando con ella.
Porque la playa era “el” lugar en torno al cual transcurría nuestra vida entre octubre y diciembre y quizás en un marzo de buen tiempo. En esos días, ella nos pertenecía. Después llegaba el verano en que nos invadían los argentinos y santiaguinos y Viña pasaba a ser la “Ciudad Jardín” tan cacareada en todos los avisos. Pero en primavera sus arenas eran nuestras, mucho más simples, más íntimas. Nos recibían con cariño y nosotros las queríamos.
Pero el mar no sólo nos llamaba en los días soleados. Sentarse en las rocas de la Avenida Perú mirando el temporal que reventaba en olas inmensas que te mojaban más que la lluvia. O ir a pasear un sábado o domingo en la tarde abrigados contra esa neblina con gusto y olor a sal. Ir, de niños, a comprarse una manzana acaramelada enterrada en un palito de helado o un paquete de cuchiflíes de esos de verdad, con la cáscara dura y el relleno de manjar, en su bolsita de papel blanco. O quizás una bolsita plástica de cocos pelados. Y más grandes, un “cono” de papas fritas del Long Beach o un cheeseburger de La Parva Inn en la orilla de la playa de Reñaca.
Una época en que Reñaca era todavía medio aventura. Las casas grandes a la orilla de la playa y en la subida de Los Ositos las más chicas. En la casa de mi tía el teléfono tenía magneto y operadora y de Viña la llamada era de larga distancia. Todos los inviernos, en medio de algún fuerte temporal, toda la arena del Fuerte se venía abajo sobre Las Cañitas y el camino quedaba cortado por días. El estero pasaba de ser un hilo de agua a un torrente que podía llevarse casas y autos. Y alguna vez se llevó a algún amigo o conocido.
Y no era difícil que en Viña nos conociéramos. Pocas familias, pocos colegios. Uno nacía, estudiaba, se casaba y trabajaba allá. Santiago parecía estar más lejos con el camino de dos pistas y las cuestas. Además, para qué ir a encerrarse entre los cerros, donde siempre algo te corta la vista, cuando podías ser dueño del horizonte. Hasta nuestros cerros miran el mar y el viento sur siempre nos limpiaba el cielo y nos barría las calles.
Desde la Caleta Abarca de mis padres, pasando por la Acapulco y el Muelle Vergara de interminables días de pesca, hasta la de Reñaca de nuestra juventud, las playas siempre eran una cosa presente en las vidas de los Viñamarinos.
No vivíamos EN la playa.
Ni siquiera vivíamos DE la playa como la publicidad pareciera decir.
Vivíamos CON la playa.
Ellas eran una cosa presente y sabíamos aprovecharlas cada vez que podíamos. Siempre estaban ahí para pasear y pololear. Siempre podían arrullar tus penas de amor o ayudarte a conseguir uno nuevo. Te despejaban la cabeza después de una prueba difícil y te arropaban en la mañana siguiente a una buena fiesta.
Y cuando, para pasar la pena o la mona, llegabas irremediablemente a ellas, ahí estaba ese señor de bigotes, vestido de blanco y con una blanca gorra de marino, con ese tarro alto y celeste, que te alegraba la vida con su infaltable canto:
- ¡Pan de Huevo, Cuchuflí y Barquillos!
PNB 2012
Carola Bremer Vio
Tal cual lo que vivimos muchos! y seguimos enamorados de Viña, sus playas y el mar