EL BALILA
En este mundo de grandes cadenas de comercio, financiamientos bancarios y mercados globales, me gustaría contarles algo de esos almacenes de barrio, que existían en Viña y en muchas otras ciudades de Chile. esta es una de las crónicas más antiguas que escribí y cuenta algo de ese otro tiempo.
Yo era todavía muy pequeño, debo haber tenido no más de 6 o 7 años. Vivía en Viña, un Viña que en esa época era mucho más pueblo, con casas de rejas bajas que dejaban ver el ante-jardín, en que los turistas eran pocos y en verano, donde uno podía caminar o andar en bicicleta por la calle sin peligro de autos o asaltos. La calle Valparaíso era el centro hacia donde todos llegábamos, ahí estaba el comercio principal que cerraba a medio día y en el que las tiendas tenían dueños, quienes muchas veces ponían su nombre o su lugar de origen. La farmacia Ewertz, la panadería Lagomarsino, el Samoiedo, Cecinas Otto Stark, la Sastrería Inglesa y muchos otros que han desaparecido o decaído con la llegada de los malls, las cadenas y las tiendas de departamentos.
Pero había también los que vivían y prosperaban fuera del “centro”. Esas farmacias, verdulerías y almacenes, panaderías y ferreterías que estaban en los barrios.
Yo vivía en la Población Vergara, ese grupo de manzanas cuadradas que están entre los Norte, los Poniente y los Oriente, entre el estero y el Coraceros, entre la Avenida Perú y el Sporting, con su corazón en la Calle Libertad. Para ser más concretos, vivía en un pasaje en la calle 4 Norte, entre Quillota y 4 Oriente.
Como buena ciudad chica, en un perímetro de 6 o 7 cuadras estaban también las casa de mis abuelos, mi colegio y el de mis hermanas, la parroquia de Los Carmelitas y la botillería de mi tío Pepe.
Cerca de la casa de mi abuela, en 5 Oriente con 2 o 3 Norte, estaba ese lugar mágico que se llamaba “El Balila”. Un almacén de esos de esquina, con vitrinas que en el día mostraban desde ollas y sartenes hasta los tarros de galletas Mackay o Hucke. El dueño de ese mundo maravilloso para un niño, era el Bachicha. Nunca supe su nombre y después aprendí que esa era la forma entre cariñosa y divertida en que le decían a los italianos en Valparaíso. Es curioso que, cuando más grande quise saber que era ese nombre tan raro del negocio, descubrí que es el de un pueblo en la frontera de Siria con Jordania, seguramente el Bachicha se lo debía haber comprado a algún “turco” y no quiso cambiarle el nombre.
Entrar al Balila era para mí entrar a un mundo de olores y maravillas. Los cajones de hojas de té que se vendían en un cartucho de papel café amarrado en las puntas; los sacos de porotos, lentejas y garbanzos que se sacaban con la poruña y se pesaban en la balanza; el tambor de aceite con esa bomba maravillosa que primero llenaba el estanque de un litro y después lo servía a la botella de “Pilsen” con su corcho manchado, los frascos de galletas a granel y las inevitables galletas “partidas” con que mi abuela hacía tortas y bolitas de nuez.
Pero sobre todas esas cosas, reinaban lo olores de las especias. Entrar era sufrir un exquisito asalto de comino, aliño completo, pimienta, nuez moscada para la pascua y canela para el colemono.
Todos teníamos nombre y muchos estábamos en la libreta, ese antepasado de las tarjetas de crédito. Como él conocía a mi abuela y a mis papás, yo podía, en un día de calor, agarrar la bicicleta y partir allá a “sacar” un helado o una Bilz fría del refrigerador blanco con puertas con chapa. O en invierno convencer a mi “Agüe Nana” que me comprara un Trencito de esos chicos de 100 escudos.
Cuando era la hora de almuerzo y en la tarde, como a las 7, el Bachicha se sacaba el delantal azul, cerraba la caja y la puerta y bajaba las cortinas de la vitrina, esas de fierro acanalado que se enrollaban arriba y que metían un ruido tremendo. Les ponía el candado y se subía en su Fiat 1500 para irse a su casa y poder comer con su señora y sus hijos. Pero nosotros siempre sabíamos que al día siguiente ese lugar maravilloso volvería a estar abierto para soñar y gozar. Salvo los domingos porque así era en ese tiempo, sólo las farmacias de turno y los restoranes trabajaban ese día. La gente sabía que el comerciante también tenía derecho a estar en su casa y disfrutar de su tiempo.
Ahora vivo en Santiago, los supermercados y los Malls están abiertos todos los días, todo el día y cuando por feriado o fiesta cierran, nos volvemos locos sin saber dónde ir o que comer. Puede que se pierdan millones por ese feriado, pero perdimos mucho más calidad y cariño con esa obsesión del comercio global. Teníamos nombre, el comerciante y nosotros; sabían lo que nos gustaba y nos lo guardaban cuando les llegaba a la tienda. Teníamos una “cuenta” escrita a mano y pagada sagradamente porque era una confianza entre caras conocidas, era un acto de fe (un fiado), no una tarjeta con sus cuotas e intereses.
Éramos más personas y menos “clientes” o “consumidores”. No sé si éramos más ricos, pero éramos más humanos.
PNB 2012
Comentarios recientes
Hola! Mi hija debe hacer su biografía en la cual debe ir su fecha de nacimiento, donde estudió y el año de la publicación de sus libros.usted me podría ayudar con esos datos por favor.
estimado don pablo mi hijo cursa cuarto basico y nos toco leer su libro las aventiras de romeo palote, detective, debemos hacer una ficha de usted y no hay mucha informacion de su fecha de nacimiento
Buenas tarde Pablo.
Por casualidad llegué a "Algunas Letras Compartidas " , donde narras la vuelta a clases , me fascinó , me llevaste de viaje al pasado ...
¡Gracias por tus hermosas narraciones!
Ma
Hola Janett, mi correo es: pnb1963@outlook.es. Encantado de estar en contacto y apoyarte en lo que necesiten. Abrazo